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miércoles, 5 de enero de 2011

Espiritualidad agustiniana



Toda espiritualidad cristiana se deriva del "Espíritu de Jesús que habita en los que creen en Cristo y son miembros de su Iglesia. Las maravillas del Espíritu Santo son hermosamente variadas, como lo son a la vez los dones que Él da a los fieles. Dichos dones son propiamente llamados "carismas". Desde el Concilio Vaticano Segundo las comunidades religiosas han estudiado y clarificado el "carisma" o "inspiración original" que mejor define la espiritualidad de cada congregación.
Los agustinos recoletos comparten del carisma asociado con San Agustín de Hipona, Padre de la Iglesia y autor de una regla de vida para la vida religiosa. Las características
sobresalientes, tanto de dicha regla como de la espiritualidad asociada con San Agustín, quien es a la vez el autor de las reconocidas Confesiones, son resultado de la dedicación a
una vida de conversión a Cristo, cultivada primeramente en la vida interior de cada religioso y en la vida común. Éstas son el resultado de una continua conversión de cada miembro de la comunidad. El agustino recoleto combina una vida de contemplación y la busca interior de

Dios con una vida de actividad apostólica.

La búsqueda de Dios y la conversión continua requieren la práctica diaria de la corrección fraterna, la fidelidad a la oración personal y en común, el estudio de las Sagradas Escrituras y el deseo de ser siervo-discípulo de la Palabra de Dios a imitación de San Agustín. "Recolectar" con San Agustín es regresar a lo básico de la fe católica y cultivar un amor a la vida contemplativa, contribuyendo a la vez a la edificación del Cuerpo de Cristo, la Iglesia.
El Santo Padre Juan Pablo II, en la ocasión del centenario de la conversión de San Agustín  que la Iglesia universal celebró en los años 1986-1987, recordó a los religiosos de la familia agustiniana que tienen la obligación de mantener vivo, en medio de este mundo inconstante, la figura de San Agustín, el gran converso. Su filosofía, su teología y su espiritualidad siguen ofreciendo respuestas a las crisis de nuestros tiempos de cambios rápidos y radicales. Más que ningún otro santo, él habla de la condición humana como "el corazón inquieto" que no conoce paz hasta que "descanse en Dios". El patrimonio agustiniano es inmenso y ha servido a la Iglesia por más de 16 siglos: es "siempre antiguo y siempre nuevo". Es una espiritualidad a la vez profunda y universal, que va directamente al corazón humano y al descubrimiento del Dios Trino en ese corazón hecho a la "imagen y semejanza" del Creador
John Oldfield.

lunes, 3 de enero de 2011

Valores Agustinianos

BUSCA
Enrique A. Eguiarte OAR.



Todos vamos buscando algo –o a alguien- en la vida. San Agustín vivió la experiencia
de ir buscando la sabiduría, la verdad y a fin de cuentas, a Dios. Las diversas páginas
de su vida, nos ponen de manifiesto su búsqueda incasable de la sabiduría (Conf. 3,
7), de la verdad y de la felicidad, pues todos los seres humanos las buscamos, pero no
encontramos la auténtica felicidad si no la buscamos en Dios, en quien sólo existe la
vida feliz (De beata vita 35). Y en este camino de búsqueda, san Agustín se dio cuenta
de varias cosas. En primer lugar, de que él buscaba y deseaba encontrase con Dios,
porque él mismo Dios había sido quien le había encontrado primero (Conf. 1, 4) y
quien le había tocado, de tal modo que él se sintiera impulsado a buscarlo y a desear
encontrarlo. Este es uno de los primeros descubrimientos agustinianos que constituye
una de las bases esenciales del cristianismo. No es tanto que el hombre busque a
Dios, sino que es Dios quien primero ha buscado y encontrado al hombre, lo ha tocado
con las manos de su amor, ha inflamado su corazón con el deseo de buscarle, y sólo
en un segundo momento, el hombre se mueve para buscar y desear encontrar a Dios.
Así lo expresa san Agustín en su libro de las Confesiones: “Llamaste y clamaste, y
rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste e hiciste desaparecer mi ceguera;
exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti y siento hambre y sed; me
tocaste y ardí en tu paz” (Conf. 10, 27, 38).
Un segundo descubrimiento de san Agustín es que Dios no está fuera de él, sino en
“lo más íntimo de mi propia intimidad” (Conf. 3, 11). Él reconoce que durante muchos
años lo estuvo buscando en el exterior, en las cosas materiales, hasta que por fin se
dio cuenta de que él estaba en su interior, y que desde el interior le llamaba a buscarlo
a hacer una experiencia de búsqueda profunda, a través de la oración y del encuentro
en la intimidad del corazón. Así dice: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan
nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te
buscaba (…) Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.” (Conf 10, 27, 38).
Por eso san Agustín ha dejado para todos los buscadores sinceros de Dios, otra
máxima: “No quieras salir fuera, entra en tu interior, pues en el interior del hombre
habita la verdad” (De Vera religione 72). Ahí está la verdad del hombre y ahí está una
de las metas de la búsqueda del hombre. San Agustín después de buscar por muchos
años a Dios en el exterior, sabe que debe, como el hijo pródigo, volver a su interior,
para en su interior buscar y descubrir a Dios. No obstante este encuentro en el interior
se vuelve un acicate para seguir buscando y descubriendo a Dios en el encuentro con
los hermanos (S. Dolb 11, 11), en los acontecimientos del mundo, en los que Dios
manifiesta su voluntad (Civ. Dei 1, 36), en la Palabra de Dios, a través de la cual Dios
nos habla y nos descubre su misterio (En.in.ps. 64, 2), y en sus sacramentos que son
ocasiones de gracia, de búsqueda y encuentro eficaz con Dios (Ep. 140, 48).
No obstante san Agustín no es de esos buscadores que se ponen en camino para
nunca encontrar, para hacer de la búsqueda en sí misma la razón de la vida, para
creer que es sabio el que busca por buscar (C. Acad. 1, 14). San Agustín buscaba
porque, como hemos dicho, sabía que Dios lo había buscado, encontrado y amado
antes. Por ello san Agustín deseaba encontrar, pero hacer de ese encuentro con la
realidad amada, con Dios, hacer de ello no un punto final, sino un nuevo punto de
inicio, pues el misterio de Dios es tan profundo que nunca dejaremos de descubrir
nuevas dimensiones y realidades en Dios, por ello dice san Agustín: “Busco para
encontrar y encuentro para seguir buscando más ávidamente” (De Trin. 15, 2).
Y este deseo de buscar a Dios se encuentra inserto dentro del corazón del hombre,
pues forma parte de su constitución esencial. Así ha querido y creado Dios al hombre:
para que le busque. Quien no busca y no encuentra a Dios, no puede alcanzar la
felicidad e irá pasando de una realidad a otra, sin encontrar nunca la plenitud de la
vida, pues la plenitud del hombre es el poder llegar a encontrarse con Dios, y
encontrar en él la actualización de todas sus potencialidades y su propia felicidad. Así
lo expresó san Agustín al comienzo de su obra maestra, el libro de las Confesiones:
“Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”
(Conf. 1, 1). El corazón inquieto de san Agustín descansó en Dios, ojalá que nuestros
corazones inquietos y enamorados de Dios lo busquen, lo encuentren y se dejen
transformar por ese Dios, buscador del hombre.

domingo, 2 de enero de 2011

La navidad de san Agustin

La Navidad según san Agustín


«Mirad hecho hombre al Creador del hombre para que mamase leche el que gobierna el mundo sideral, para que tuviese hambre el pan, para que tuviera sed la fuente, y durmiese la luz, y el camino se fatigase en el viaje, y la Verdad fuese acusada por falsos testigos, y el juez de vivos y muertos fuera juzgado por juez mortal, y la justicia, condenada por los injustos. y la disciplina fuera azotada con látigos, y el racimo de uvas fuera coronado de espinas, y el cimiento, colgado en el madero; la virtud se enflaqueciera, la salud fuera herida, y muriese la misma vida» (Sermo 191,1: PL 38,1010).

En la dialéctica, san Agustín quiere que los cristianos suban de lo temporal a lo eterno, del mundo visible al mundo invisible: «Jesús yace en el pesebre, pero lleva las riendas del gobierno del mundo; toma el pecho, y alimenta a los ángeles; está envuelto en pañales, y nos viste a nosotros de inmortalidad; está mamando, y lo adoran; no halló lugar en la posada, y Él fabrica templos suyos en los corazones de los creyentes. Para que se hiciera fuerte la debilidad, se hizo débil la fortaleza... Así encendemos nuestra caridad para que lleguemos a su eternidad». (Sermo 190,4: PL 38,1009).


Humildad de Cristo
De maravilla en maravilla, de paradoja en paradoja, san Agustín va a dar siempre en la humildad de Dios, de tanto escándalo para los paganos:

«Es la misma humildad la que da en rostro a los paganos. Por eso nos insultan y dicen: ¿Qué Dios es ése que adoráis vosotros, un Dios que ha nacido? ¿Qué Dios adoráis vosotros, un Dios que ha sido crucificado? La humildad de Cristo desagrada a los soberbios; pero si a ti, cristiano, te agrada, imítala; si le imitas, no trabajarás, porque Él dijo: Venid a mí todos los que estáis cargados». (Enarrat. in ps. 93,15: PL 37,1204).

La doctrina de la humildad es la gran lección del misterio de Belén: «Considera, hombre, lo que Dios se hizo por ti; reconoce la doctrina de tan grande humildad aun en un niño que no habla» (Sermo 188, 3: PL 38,1004).


La Madre Virgen y la Iglesia jubilosa Juntamente con el Hijo de Dios y su Madre siempre virgen, en el belén agustiniano está presente la Iglesia, o la humanidad entera que salta de júbilo.

A todos debe contagiar la alegría del nacimiento: «Salten de júbilo los hombres, salten de júbilo las mujeres; Cristo nació varón y nació de mujer, y ambos sexos son honrados en Él. Retozad de placer, niños santos, que elegisteis principalmente a Cristo para imitarle en el camino de la pureza; brincad de alegría, vírgenes santas; la Virgen ha dado a luz para vosotras para desposaros con Él sin corrupción. Dad muestras de júbilo, justos, porque es el natalicio del Justificador. Haced fiestas vosotros los débiles y enfermos, porque es el nacimiento del Salvador. Alegraos, cautivos; ha nacido vuestro redentor. Alborozaos, siervos, porque ha nacido el Señor. Alegraos, libres, porque es el nacimiento del Libertador. Alégrense los cristianos, porque ha nacido Cristo» (Sermo 184,2: PL 38,996).

La alegría, pues, tiene una expresi6n de desbordamiento incontenible en el belén de san Agustín para toda clase de personas. Toda la humanidad tiene parte en este gozo: «Todos los grados de los miembros fieles contribuyeron a ofrecer a la Cabeza lo que por su gracia pudieron llevarle» (Sermo 192,2: PL 38,1012).


Epifanía del Señor
Aunque el nombre de Epifanía se reserva hoy para la festividad de los Magos, en un principio comprendía las dos fiestas del nacimiento y de la adoración de los Magos, porque los «dos días pertenecen a la manifestación de Cristo» (Sermo 204,1: PL 38,1037). Primero se manifestó visiblemente en su carne a los judíos, y luego a los gentiles, representados por los Magos del Oriente. Desde entonces, el recién nacido comenzó a ser piedra angular de la profecía donde se juntaban las dos paredes, los judíos y los gentiles.

Las grandes paradojas de Belén continúan en este misterio: «¿Quién es este Rey tan pequeño y tan grande, que no ha abierto aún la boca en la tierra, y está ya proclamando edictos en el cielo?» (Sermo 199,2: PL 38,1027). El misterio del Niño Dios se enriquecía de nuevas luces: «Yacía en el pesebre, y atraía a los Magos del Oriente; se ocultaba en un establo, y era dado a conocer en el cielo, para que por medio de él fuera manifestado en el establo, y así este día se llamase Epifanía, que quiere decir manifestación; con lo que recomienda su grandeza y su humildad, para que quien era indicado con claras señales en el cielo abierto, fuese buscado y hallado en la angostura del establo, y el impotente de miembros infantiles, envuelto en pañales infantiles, fuera adorado por los Magos, temido por los malos» (Sermo 220,1: PL 38,1029).